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EN PROFUNDIDAD

Mejor prevenir que curar

Hay que concienciar a las empresas y a los trabajadores de que la prevención es salud

Como reza el dicho, es mejor prevenir que curar, e invertir en prevención de riesgos laborales es la mejor manera de hacerlo. Es verdad que hay accidentes que suceden y nadie puede hacer nada para evitarlos, pero la mayor parte de los accidentes que ocurren en el ámbito laboral pueden evitarse y hay que concienciar a las empresas y a los propios trabajadores de que la prevención es salud y de que antes del trabajo, están sus vidas.

La crisis, las reformas laborales y el desmantelamiento de la negociación colectiva han contribuido a la extensión generalizada de la precariedad y el deterioro de las condiciones de trabajo. El incremento de la intensidad y los ritmos de trabajo, el aumento de las exigencias emocionales o la renuncia a ejercer derechos por miedo a perder el empleo están teniendo graves consecuencias en la salud y en la seguridad de la clase trabajadora.

De hecho, desde 2013, estamos asistiendo a un constante incremento de la siniestralidad laboral. En cinco años, 3.014 personas fallecieron en accidentes de trabajo, y la incidencia de los accidentes durante la jornada laboral ha aumentado en un 16%. Pero, además, en el contexto de desigualdad en el que vivimos, hay colectivos que están sufriendo con especial intensidad este envite como son las mujeres, los jóvenes, los migrantes y las trabajadoras y trabajadores de edad avanzada o con diversidad funcional.

Moustafá, Miguel Ángel, Erika y Juan Manuel lo saben bien. Ellos no se conocen, pero tienen algo en común, todos sufrieron accidentes laborales, a todos les cambió la vida y todos lucharon por seguir adelante.

Ahorrar en prevención tiene consecuencias  

Miguel Ángel llevaba dos semanas de delegado de prevención de riesgos laborales en su empresa cuando sufrió un accidente. Estaba realizando labores de recogida de cañas y se alcanzó el menique con la hoz. Se hizo un corte profundo y se seccionó el tendón al 90%.

Cuando le pasó se encontraba solo en el campo así que él mismo tuvo que paralizarse la hemorragia, llamar a un compañero para que le esperase en las oficinas -donde está el botiquín- y conducir hasta allí, tratando de no desmayarse.

Una vez en los vestuarios, se lavó y tapono la herida y un compañero le llevó a la Mutua. Le cosieron el tendón y, al haber con riesgo de rotura, tuvieron que ponerle un arpón–con unos cables y unos tensores- para sujetarlo. Ahora está en rehabilitación, un proceso muy costoso y doloroso, para recuperar la movilidad.

Miguel Ángel cuenta que esa faena solía hacerse entre varios compañeros, pero dio la casualidad de que ese día había un compañero de baja, de manera que, “con todo el cuidado y todos los medios de prevención que te da la empresa -guantes, gafas, etc,- me puse a ello”.

“Yo llevaba los guantes de protección pero es evidente que no fue suficiente.  Con una zoqueta– una herramienta de madera que protegía los dedos con los que se cogía la mies- no me habría cortado, pero son herramientas que ya no se fabrican, una contradicción más de nuestros días, ya que se sigue trabajando con la hoz”.

“Yo llevaba los guantes de protección pero si hubiera tenido una zoqueta no me habría cortado”

“Ante una herramienta cortante siempre hay riesgo de corte, pero si hay prevención, siempre es más difícil. Lo mismo que hay protecciones para la desbrozadora, como espinilleras, se podrían hacer protecciones para evitar este tipo de accidentes. Da igual que sean tareas que se hacen una vez al año o pocas veces, pero que haya medios para evitar estas cosas” subraya.

Miguel Ángel explica que “uno de los problemas más extendidos en el sector agrario se resume en una sola frase toda la vida se ha hecho así, pero hay cosas que se pueden modernizar y mejorar porque, evidentemente, no pasa nunca nada hasta que pasa”.

De hecho, firma que “se emplean cañas para reducir costes pero se podrían utilizar postes de madera cuya producción está mecanizada. Lo mismo ocurre con los problemas musculoesqueléticos, hay muchos métodos para prevenirlos, pero no se hace. Se ahorra en prevención, y eso tiene consecuencias”.

“Cuando vuelva quiero replantear a la empresa un montón de cosas, empezando por la actividad en la que yo me lesioné. Creo que hay ciertas tareas en las que la empresa debería asegurar que haya al menos dos personas por si ocurre cualquier cosa, y formación, querer aplicar lo que se aprende y desterrar el “toda la vida se ha hecho así” por vamos a pensar cómo podemos cambiar para mejorar”.

Es necesario cambiar el “toda la vida se ha hecho así” por “vamos a pensar cómo podemos cambiar para mejorar”

“En la agricultura y la ganadería hay muchísimos accidentes que no se detallan, pero hay que hacerlo. Si no se notifica, por ejemplo, que hay muchos casos de golpes con el motocultor en la zona de la espinilla, no se pueden poner soluciones tan sencillas como unas espinilleras”.

“Además”, advierte, “es un sector bastante envejecido y en el que la mayor parte de las empresas son familiares en las que si hay algún accidente no se va a notificar”.

Formar, concienciar y luchar contra el miedo

Con 18 años recién cumplidos y en su primer trabajo en una cafetería, Erika Fontana abrió un lavavajillas industrial que le salpicó a la cara. El líquido, que le alcanzó en el ojo, tenía una base de sosa que se fue comiendo el tejido. Sufrió una causticación química, “algo que nadie piensa que pueda ocurrir en una cafetería”.

Los primeros auxilios que recibió fueron muy flojos porque nadie sabía que había que hacer y la primera asistencia en la Mutua que le correspondía fue nula. “Era festivo en Zaragoza y no estaba el oftalmólogo, de manera que me echaron una gota y me dijeron que volviera al día siguiente”.

Pero Erika se dio cuenta de que algo no iba bien y le pidió a su compañero que le llevara al hospital. Hizo bien. Allí la operaron y trataron de parar la quemadura con bolsas de suero. Estuvo mucho tiempo ingresada porque nunca habían visto una lesión de esa envergadura.

El accidente de Erika, un accidente que la marcó de por vida, se podía haber evitado. Nos dice que “con una simple rosca, no habría pasado”. Además, como aprendíz de camarera, no tenía que haber manipulado ese producto, pero nadie informó a los trabajadores de los peligros que suponía ni cómo tenían que hacerlo.

“Si manipulé el lavavajillas fue porque un jefe de cocina me lo ordenó. Con 18 años recién cumplidos y en tu primer trabajo, si alguien te ordena algo, lo haces. Seguramente ahora no lo hubiera hecho”.

La empresa jamás se puso en contacto con ella y cuando regresó a la cafetería a visitar a sus compañeros, sus intentaron que firmase varios documentos. Ella les denunció y durante el proceso judicial, la empresa intentó demostrar que ella tenía la formación necesaria para manipular lavavajillas industriales y que tenía elementos de seguridad que no usó, pero esos EPIS nunca existieron.

Meses después, y tras mucha pelea, consiguió que la atendieron en una clínica especializada en Barcelona donde empezó un proceso de rehabilitación y tratamiento que continúa a día de hoy, 17 años después.

Volver a trabajar es lo mejor que le pudo pasar. Volver a sentirse útil de nuevo. Ahora trabaja en otro sector, en una empresa grande y es delegada de prevención de riesgos.

Casi 20 años después de su accidente, Erika se alegra de que todo haya avanzado mucho. “La prevención se machaca muchísimo desde los sindicatos, hay protocolos de actuación en las empresas, los trabajadores saben cuáles son sus derechos y las Mutuas se han puesto las pilas y atienden como es debido, no sólo tratan la lesión sino todos los aspectos que puedan derivarse de ella”.

Sin embargo, cree que hay diferencias en prevención entre las grandes y medianas empresas y las pequeñas, donde queda mucho por hacer. Las empresas pequeñas están a años luz en cuestión de prevención.

“Como delegada de prevención ahora veo que la gente pierde muchas cosas por miedo o porque al final te ablandas y no denuncias. He visto compañeros que tras sufrir un accidente grave, no denunciaba, no cobraba indemnización y, al volver al trabajo, sufría un despido” señala.

“Ser delegada de prevención te da más fuerza para seguir luchando y además tienes más conocimientos. Con formación y prevención se pueden evitar este tipo de accidentes”.

Por ello “hay que concienciar a la gente, y ese es nuestro trabajo, convencerles de que tienen que mirar por ellos mismos y por su seguridad y además, trabajar con las empresas. Los delegados de prevención somos los ojos de la empresa y estamos para hacerles ver las deficiencias y mejorar la prevención. Es necesario trabajar todos juntos para evitar accidentes y fallecimientos, porque por desgracia, muere gente todos los días en sus puestos de trabajo”.

“El problema es que hay mucha gente que tiene miedo de perder su puesto de trabajo y eso puede llevarles a cometer imprudencias (como meter la mano en las máquinas para no parar la producción) o a no denunciar un accidente laboral”.

“En mi empresa hay gente que necesita equipo de protección pero no se atreve a pedirlo para no tener problemas. Mientras tanto están trabajando sin unos EPIS que pueden evitar accidentes. Ocurre, sobre todo, entre la gente joven, y me recuerda mucho a mí misma, a lo que me pasó a mí” advierte.

Erika subraya que “aún queda mucho por hacer, y las empresas pueden hacer mucho. Las empresas que están concienciadas, que también las hay, trabajan fenomenal en la prevención. Conozco muchas que le dan mucha importancia, muchas a raíz de tener un accidente grave, han puesto solución y trabajan mano a mano con los delegados de prevención. Y eso es una gozada”.

Tareas pendientes: La readaptación profesional

Juan Manuel trabajaba de electricista de alta tensión y con 42 años sufrió un accidente laboral. “Fue un golpe de mala suerte. No hubo negligencia ni por mi parte ni por parte de la empresa, pero de un golpe en la cintura me fracturé la L4. Por milímetros no llegó a ser hemiplejia”.

Estuvo de baja de noviembre a junio cuando, como estaba psicológicamente bastante tocado, decidió darse de alta con la condición de que no se le obligase a efectuar ninguna función que pudiera perjudicarle. “Antes de la incorporación el departamento médico de la empresa me hizo una evaluación y fueron muy claros, había movimientos que ya no podía repetir”.

“La situación era bastante incomoda porque no había puestos alternativos para mi” explica “y así estuve hasta 2005 cuando, a los 47 años me dieron la incapacidad permanente total”.

“Debería de obligarse a las empresas, en este caso a las mutuas, a que la readaptación profesional fuera real”

Lo difícil para Juan Manuel vino después. La falta de actividad le afectó mucho psicológicamente y denuncia la absoluta falta de salidas y oportunidades para las personas que, como él tienen una incapacidad permanente total. “Si yo he hecho algo ha sido porque yo me lo he buscado pero no porque nadie me lo haya facilitado”.

Además, desde su experiencia personal “instituciones como las Escuelas de Readaptación Profesional o la Comisión de Prestaciones Especiales que ofrecen las mutuas (que abarca desde complementos para personas con pensiones muy bajas hasta dinero para prótesis) son realmente una vía de escape para los excedentes de su gestión”.

Juan Manuel señala además que las Comunidades Autónomas deberían vigilar lo que ocurre en los Centros Especiales de Empleo que son la única vía que le queda a muchas de las personas accidentadas para completar sus ingresos. “Muchos están trabajando en estos centros jugándose la pensión porque los trabajos que se ofrecen no están adaptados a sus situaciones, y en caso de inspección, los responsables son los trabajadores, no el Centro”.

“Conozco casos de accidentados a los que les quedaron 300 euros de pensión. Si no le das salidas a estas personas ¿qué futuro les espera?”

“Con voluntad política sería muy fácil arreglar esta situación pero, como ya sabemos, en este país la voluntad viene dada por la obligación. Si no se obliga por Ley a unas empresas a hacer unas cosas no las van a hacer. Debería de obligarse a las empresas, en este caso a las mutuas, a que la readaptación profesional fuera real”.

La importancia del trabajo sindical

Moustafá trabaja en una empresa de logística, preparando pedidos. Un día, al ir a cambiar la batería de la máquina con la que se transportan los pedidos, ésta se atascó y perdió un dedo.

“Por suerte, estuve en todo momento acompañado por los delegados de prevención de mi empresa”

Inmediatamente llamó a su jefe y le llevaron a la Mutua de la empresa donde le operaron y le reimplantaron el dedo. “Todo fue rápido y no encontré problemas por parte de la empresa”, de hecho, al finalizar su baja y la rehabilitación, más o menos en dos meses y medio, se reincorporó y sigue trabajando en un puesto de trabajo diferente, más adecuado a su situación actual.

Por suerte, el sindicato tiene una elevada implantación en su empresa y, por lo que Moustafá nos cuenta, los delegados de prevención de riesgos le ayudaron en todo momento. Estuvieron con él desde que sucedió el accidente y, posteriormente, le asesoraron en todos los trámites del proceso hasta el cobro de la indemnización y su reincorporación.

Los trabajadores y trabajadoras tienen derecho a una protección eficaz en materia de seguridad y salud en el trabajo pero para ello es fundamental defender esos derechos de forma colectiva y reclamar a la Inspección de Trabajo un mayor control sobre las empresas y a las propias empresas el cumplimiento, a rajatabla, de la normativa de prevención de riesgos laborales. Muchas veces, nos va la vida en ello.

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